Publicado en el nº179 de la revista Bonart, agosto-octubre 2017.

Subirachs es uno de los artistas con más presencia en el tejido urbano: parques, plazas, cruces, tiendas … Gran renovador de la escultura, fue el primero en colocar una obra abstracta en las calles de Barcelona. Era 1957 y fue recibida con cierto recelo. No nos extrañe, cuando el arte sale a la arena pública – como explica Douglas Crimp -tiene la virtud y el defecto de catalizar conflictos y malestares generales. Ahora, por voluntad del artista e iniciativa de los herederos, abre un espacio a pocos metros de la casa donde nació. Así pues, el escultor de calle disfruta finalmente de la tranquilidad y confort de las paredes blancas.

En un local de 300m2 situado en el número seis de la calle Batista, en el barrio del Poblenou de Barcelona, ​​se aloja el legado del escultor, más de un centenar de piezas (esculturas, dibujos, pinturas, litografías, grabados, medallas) que redescubren al visitante la trayectoria fecunda y dilatada de un artista tan mediático como vilipendiado.

El camino no ha sido fácil. Quien fuera el «artista catalán vivo más importante del siglo XX» según una encuesta popular realizada en 1997 por el diario La Vanguardia, Cataluña Radio y Enciclopedia Catalana, siempre deseó un museo propio, con una primera sala dedicada a sus maestros: Enric Casanovas, Rebull , Fenosa, monolito Hugué o Julio González. Así, en 2001 firmó un acuerdo con la Fundación Caixa Penedès para la construcción de un centro dedicado a su obra. Una década más tarde, la misma entidad anunció que debido a la crisis económica no podía afrontar el proyecto. Esta falta de apoyo, tanto público como privado, ha forzado a la familia a financiar y gestionar íntegramente este espacio que se convertirá en un centro vivo y dinámico gracias a un programa que incluirá visitas guiadas, conferencias, debates y presentaciones.

Las obras expuestas en el Espacio Subirachs desde el mes de mayo responden a una pequeña selección (el total del legado roza el medio millar) que irá rotando anualmente. Son la mayoría piezas de pequeño y mediano formato que muestran un Subirachs en experimentación permanente y contínua evolución, una obra poliédrica y metamórfica pero con unas constantes que se extienden por buena parte de la producción subirachiana.

Con un discurso cronológico, la muestra propone un recorrido por las diferentes estéticas que el escultor cultivó: novecentismo, expresionismo, abstracción, neofiguración, metáfora. Iniciamos el viaje con un joven Subirachs que pronto abandona la proporción, el equilibrio y la serenidad mediterráneos para flirtear con las formas angulosas, «planes móviles que delimitan formas crispadas» decía Maria Aurèlia Capmany. Las parcas (1954), grupo escultórico que simboliza el nacimiento, la vida y la muerte, muestra todavía esta tendencia a la geometrización de la figura humana. La estilización cada vez más depurada lo llevó a finales de los cincuenta a desarrollar un lenguaje abstracto de fuerzas, materiales y texturas yuxtapuestas. Hacia 1965 regresó a la figuración con una mirada onírica cargada de simbolismo. Aparecen entonces Diosas que juegan al escondite, fantasmagorías que en el vacío de la concavidad nos quieren hacer creer en su corporalidad. Es también el momento en que surgen los elementos iconográficos que conforman su alfabeto simbólico: el laberinto, las escaleras, las pirámides, las calaveras, las torres …

Sí, también realizó los grupos escultóricos de la fachada de la Pasión del Templo de la Sagrada Familia. Pero como testimonia el Espai Subirachs, fue un escultor valiente e inagotable capaz de ejecutar con la misma intenstitat y maestría tanto los grandes encargos como los pequeños grupos escultóricos. Porque para este artista polifacético, la escultura debía convertirse consuelo en un «mundo amenazado por la soledad y los misiles».

En la imagen, interior del nuevo Espai Subirachs en Barcelona.