Our Flowers Need Their Gardeners

Entrevista a Saúl Baeza para el catálogo de la exposición colectiva Our garden needs its flowers. Flujos y narrativas artísticas en el Distrito Cultural de L’Hospitalet, comisariada por David Armengol y Albert Mercadé en Centre d’Art Tecla Sala. 27 feb de 2021 – 18 jul de 2021.

Si no puede haber jardín sin flores, también es cierto que las flores necesitan de un jardinero que sepa cuándo regarlas y cuándo podarlas, que construya entutorados y renueve el humus. En cierto modo, esa podría ser la tarea del diseñador. ¿Quién hay detrás de ese personaje que puede pasar desapercibido pero que permite que rosales y glicinas florezcan?

Aquí Saúl Baeza, entre otras cosas director creativo de DOES, un estudio de diseño y consultoría centrado en explorar el potencial de la identidad en diferentes medios y disciplinas, a caballo entre el diseño, la investigación, la edición, el comisariado o la docencia. Paralelamente, formo parte de los grupos de investigación Future Everyday, en la Universidad de Tecnología de Eindhoven (Holanda), y Futures Now, en Elisava (Barcelona). También soy profesor en Elisava y profesor invitado en distintas universidades internacionales, así como comisario de la asociación Understanding Design y fundador y editor jefe en la revista Visions By, publicación centrada en explorar el concepto de culturas materiales.

“Our Garden Needs Its Flowers” reúne a agentes creativos para explicar qué está sucediendo a día de hoy en L’Hospitalet. Por un lado, tenemos las artes visuales; por el otro, música y performance. ¿Qué lugar ocupa el diseño en esta historia transversal?

En un inicio, nosotros nos íbamos a encargar únicamente del diseño del espacio y del catálogo, pero al final nos dimos cuenta de que el diseño debía tener presencia propia, más allá de ser la herramienta que permitiera volcar el contenido que David y Albert seleccionaron. Ellos nos propusieron, además, comisariar una parte dedicada al diseño que se estaba llevando a cabo en L’Hospitalet.

Así que el diseño se ramifica en tres.

Exactamente: diseño de espacio, dirección creativa y comisariado. El colectivo Sociedad 0 (Juan Ezcurra, Ignacio Ezcurra y Mateo Palazzi) ha trabajado en el diseño del espacio. Por mi parte, desde DOES Work, me he encargado de la dirección creativa. También hemos invitado a casi una decena de diseñadores para que repiensen algunos de los elementos funcionales que encontramos en una exposición. Oriol Cabarrocas es quien ha estado a cargo de la identidad gráfica de la exposición, además del diseño gráfico y editorial de este catálogo. Ha creado una tipografía desde cero a partir del sistema de puntos de marcaje industrial más utilizado en el Distrito Cultural y que, por ejemplo, encontramos en vigas o tubos de PVC. Su idea ha sido coger este referente ligado al objeto industrial y replicarlo íntegramente en toda la gráfica, de manera que funcione a varias escalas. La tipografía que vemos tanto en el catálogo como en sala o en los carteles traduce todo este universo identitario de L’Hospitalet.

Y en cuanto al diseño del espacio de este particular jardín, llegáis a Tecla Sala —un espacio con una arquitectura clásica, de paredes vistas y espacios blancos compartimentados— y lo utilizáis a modo de terreno baldío sobre el que operar. En algún momento, decidís no “tocar nada” para crear una especie de segunda piel con distintos elementos efímeros creados ex profeso. Dicho de otro modo, buscáis que la exposición tenga entidad propia, que sea una especie de organismo comunitario con una conexión tanto emocional como narrativa. ¿De dónde surge la idea?

Como dices, Tecla Sala es un espacio abierto, con techos altos y paredes blancas. Es un concepto muy Pompidou, con una reforma que estéticamente pertenece a un momento muy concreto, a finales de los años sesenta, principios de los setenta, y que responde a la idea de “este espacio tiene que recibir obra de arte contemporáneo”. Además, desde el momento de su reforma, diría que alrededor del año 2000, aunque sí ha habido algunas modificaciones puntuales, la distribución general no ha cambiado demasiado. Entramos, entonces, en un espacio “fijo”, pero a la vez pensábamos en Tecla Sala como museo en el que pueden suceder cosas. Teníamos en mente la exposición “Ni flyers ni pósters. 25 años de imagen Sónar”, comisariada por Sergio Caballero. Nosotros queríamos subvertir la dinámica mismo-espacio-pero-distinto-contenido. Esta fue nuestra premisa básica, que terminó por convertirse en una declaración de intenciones: vamos a cambiar el espacio pero sin tocar ni una sola pared. Y a partir de aquí empezamos a plantear todo el diseño.

¿Y qué vino luego?¿Cuál fue el segundo paso?

Partiendo de esta idea de que “el Tecla Sala es como el Pompidou”, empezamos a buscar referentes clásicos, como el Royal British. Exploramos muchos museos franceses alojados en antiguos palacetes que habían tenido que buscar fórmulas para colgar obra sin tocar el patrimonio. También teníamos en mente Versalles. Nos topamos con mucha obra colgada con cadenas o hilos de pescar. Por otro lado, encontramos estructuras autoportantes colocadas en medio de grandes salones.

Al final, el Tecla Sala, además de ser como el Pompidou, se parece también a un Versalles de paredes inviolables. ¿De qué modo lográis traducir todos estos ejemplos y precedentes a vuestra intervención en el museo?

Finalmente, hemos colocado barras entre paredes que nos permiten “tender” las obras. Hemos construido paredes, lo cual a primera vista puede parecer paradójico, pero en realidad no lo es para nada. En los primeros planteamientos, dibujamos paredes de la misma altura que las del museo, pero generando ángulos y diagonales. Cuevas sin ser cuevas. Nos imaginábamos a la gente llegando al espacio y preguntándose: “¿Esta pared estaba aquí antes?”. También hemos instalado telas y cortinajes. Jugamos con las perspectivas, con las aperturas y las ocultaciones.

¿Cómo ha sido el proceso de trabajo?¿Habéis seguido completamente fieles a las ideas originales o lo habéis ido modificando a medida que trabajábais?

Lo hemos planteado como un work in progress en constante diálogo con los comisarios de la muestra y los artistas. Ha sido un proceso muy divertido. Estoy acostumbrado a comisariar exposiciones de diseño, que suelen ser mucho más cerradas. En cambio, los artistas tienen procesos de trabajo mucho más abiertos. Ha funcionado de forma muy orgánica. La relación con los artistas es muy importante, son ellos quienes ponen las reglas y nosotros quienes nos adaptamos a ellos: la peana es “para esa obra”; la pared es “para esa obra”. Lo que hacemos no es ya arquitectura, sino que responde a una tipología entre obra y espacio, que se hace grande, que explota y coge nuevas estructuras. Quien ha tomado las riendas es Sociedad 0. Su proyecto se basa en que ellos diseñan y ellos mismos construyen, ya sea productos o exposiciones. Así que nuestro trabajo consiste no solo en pensar cómo intervenir el espacio, sino que también nos encargamos de construir las piezas. Es todo manufacturado, no hemos encargado nada a terceros. 

Entonces, ¿de qué estaríamos hablando? ¿De arquitectura efímera? ¿De museografía? ¿De escenografía?

No sé qué etiqueta le pondría, nosotros siempre hablamos de “diseñar el espacio”, pero también tenemos muy en mente la idea de “diseñar la experiencia”. Nos interesa mucho cómo el visitante percibe el espacio. Damos mucha importancia al diálogo que se crea entre la obra y el espacio, porque es este el que genera un tipo de experiencia u otra. Nuestra misión ha sido coger todas esas infraestructuras que no queda claro si son objetos o semiarquitecturas, todas esas estructuras medias que tienen los museos cuya función es acompañar, proteger, distribuir la obra, y diseñarlas ex profeso. Si una obra necesita de una plataforma para verse óptimamente, no hemos cogido una peana estándar que proporcionalmente sea la más adecuada, sino que hemos levantado un suelo específicamente para ella. De este modo, la obra se ve a la altura que el artista quiere, pero ya no está “encima de”, aquí es todo el suelo el que ha subido hasta la altura deseada.

En cualquier caso, no queremos que tome demasiado protagonismo, al contrario, queremos que estas estructuras medias entre la pieza y el espacio casi desaparezcan, buscamos crear la sensación de que las construcciones están sin terminar, con estructuras vistas, con aspecto de museo a medio montar o medio desmontar. Esto nos sirve tanto para unificar el lenguaje expositivo como para distinguir nuestra aportación de la de los artistas.

Y en cuanto al comisariado, si no me equivoco, también habéis intentado que las piezas pasen desapercibidas. En vez de reservar algunas salas para objetos de diseño, habéis optado por camuflar las piezas entre los objetos funcionales que ya estaban en el museo.

De cara a la exposición, cuando con Albert y David vimos que debía haber una parte dedicada al diseño, más allá del diseño del espacio y del catálogo, nos encontrábamos en un momento en que la obra de artistas plásticos ocupaba ya casi todo el espacio expositivo. A esta falta de espacio se suma una especie de síndrome del impostor que hace que siempre intentemos colarnos por rendijas, que busquemos ese “estar entre”. De aquí nace la apropiación de la colección de objetos que de forma estática tienen todos los museos. Nos apropiamos de ellos y colocamos objetos de diseño que sustituyen los originales: sillas para el personal de seguridad, soportes de extintores, catenarias de arriba y abajo, los sofás de la entrada, algunas lámparas. También queríamos intervenir en lugares fuera de la sala. Una de las primeras ideas fue ocupar también los baños: los portarrollos, los marcos de los espejos… De este modo, el museo tiene el mismo número de objetos, a la vez que nos situamos en esa grieta. Estamos en la exposición medio dentro y medio fuera, y aquí es donde nos sentimos cómodos. Al final es muy divertido.

Todas estas decisiones me llevan a pensar en la relación a veces tensa entre arte y diseño, un cierto amor-odio inevitable que habéis logrado conciliar… porque, y disculpa el juego de palabras, ¿cómo entiende el diseño alguien que forma parte de la asociación Understanding Design? 

La verdad es que es un tema que siempre hemos discutido mucho: ¿qué tipo de diseño nos interesa? Somos una generación que antes de terminar la carrera ya se había dado cuenta de que trabajar para una marca no era posible. Primero porque no existía la oportunidad, al menos a la escala que había habido hasta entonces. Ya no estábamos en el mood full jaleo de la Barcelona 92 o la posolímpica. Por otro lado, a escala generacional, veníamos con ideas de sostenibilidad, la producción industrial brutal orientada a crear productos en serie ya no nos interesaba. Nosotros buscábamos nuevas maneras de entender el diseño. Por eso bebemos tanto de la artesanía como de la arquitectura. Todo gira en torno a entender nuevas formas de trabajar o explorar el concepto de diseño. Lo que habíamos estudiado, lo que se había conceptualizado hasta entonces, para nosotros era obsoleto. Nunca íbamos a estar ahí —en esa euforia—, ni tampoco queríamos. De aquí nace una implosión, de la que forman parte Sociedad 0 o nosotros mismos. Todos trabajamos de forma muy natural y espontánea en la intersección con otras disciplinas. Siempre hemos apostado por esto. Understanding Design, que nació a partir del festival Demo, que a su vez había nacido dentro del ADIFAD —los más conservadores dentro del mundo del diseño—, surge de esa necesidad de desmarcarse de lo que se había hecho hasta el momento. Las nuevas generaciones, por decirlo de algún modo, queríamos explicar lo que estaba sucediendo en el mundo del diseño al margen de los espacios institucionales. Logramos conectar con diseñadores internacionales que traíamos a Barcelona, eran perfiles que trabajaban mucho en esta línea. Confiábamos mucho en el randomness del futuro, buscábamos trabajar tanto con gente que el día de mañana estará en la cresta de la ola como con gente de la que nunca más se sabrá nada. Era la pura exploración de lo que era y podía ser el diseño industrial.

Por lo que me cuentas, parece que no hubiera nada que se os resistiera. 

Tenemos muy poca vergüenza, a veces hacemos barbaridades. Nos metemos en todo y desde cualquier escala. Robamos de todas partes. Todo viene del momento en el que empezamos, la realidad anterior no estaba muy clara y empezamos a plantear nuevas fórmulas. Aprendimos una metodología en la que lo importante no era saber, sino hacer. Hoy puede ser una revista —como Visions By—, pero mañana puede ser un documental y al día siguiente una exposición y al otro un objeto de diseño industrializado.

¿Dónde situarías L’Hospitalet en todo este universo? Antes hablabas de la Barcelona 92 y la Barcelona posolímpica. Estamos pegados a una ciudad que ha apostado fuertemente por el diseño. ¿Competencia o sinergias?

Mucha gente lo compara con el Poblenou, pero en realidad no tiene nada que ver. Si la cuestión es que ha llegado gente porque había espacios grandes y a buen precio disponibles, entonces sí hay algo en común. Pero la conceptualización es completamente distinta. Aquí las cosas han tomado una identidad. Y esto es muy guay. En el Poblenou no se han generado dinámicas en esa dirección. El sector del diseño en L’Hospitalet, exceptuando dos o tres perfiles que llevan aquí desde hace muchos años, ha sido el último en llegar a la ciudad. La llegada “masiva” es una cosa de los últimos cinco años, más o menos. Entramos en una infraestructura —el Distrito Cultural— en la que había mucho más arte. Poco a poco hemos ido generando un tejido. Al inicio, cuando nos instalamos, había encuentros más ligados al día a día, fruto de compartir espacios de vida y de trabajo. Con el tiempo, han surgido sinergias y asociaciones.

De hecho, yo vine a L’Hospitalet a vivir, pero enseguida me di cuenta de que había oportunidades. En 2019, con Understanding Design, recibimos el encargo de comisariar una exposición sobre diseño en el Instituto Cervantes de Milán durante la Semana del Diseño; era un espacio que a priori no estaba preparado para albergar exposiciones, dado que son las aulas donde imparten las clases de castellano. De aquí surge “Understanding L’Hospitalet”. Hicimos una selección de diseñadores que estaban trabajando en ese momento en la ciudad. Invitamos a diseñadores con proyectos en la intersección entre el diseño, el arte y la arquitectura. Estaban, por ejemplo, Takk, quienes han hecho la tarima para acoger las performances de “Our Garden Needs Its Flowers” y, siendo arquitectos, llevaron una silla. También “rescatamos” a Josep Novell, nuestro exprofesor en Elisava que lleva toda la vida en L’Hospitalet, que expuso un colgador.

Finalmente, casualidad máxima, nos encontramos que en un palacete vecino estaba Barcelona, que iba muy bien preparada, con marcas mitiquísimas, los diseñadores más conocidos, el FAD… Gracias a esta coincidencia, se pudieron ver dos ecosistemas que viven muy cerca uno del otro pero que son representantes de dos maneras muy distintas de entender el diseño. Aprovechamos la ocasión para invitar a toda la prensa. También vinieron representantes políticos. No podemos olvidar que L’Hospitalet es la segunda ciudad más grande de Cataluña, así que no tenían excusa para no personarse. Para poner la guinda, “Understanding L’Hospitalet” ganó el premio ADI Cultura 2020 en la categoría de proyecto. Ha sido un cierre bonito. Estamos muy contentos, fuimos con un presupuesto muy ajustado, pero pudimos llevar el diseño que se estaba haciendo en L’Hospitalet a la Semana del Diseño de Milán.