ISABEL SERVERA_Hacer tiempo o El tiempo del artista_

Texto para el catálogo de la exposición «Hacer tiempo» en Fundació Arranz-Bravo

 

 

“Una vez no es ninguna vez”.

Walter Benjamin, Imágenes que piensan, 1934.

 

Dime cómo mides tu tiempo y te diré quien eres. Para los pescadores y marineros, el tiempo lo marcan las mareas. Para los cazadores, el anochecer y el amanecer determinan las tareas. Los obreros tuvieron que amoldar su tiempo al de la producción fabril. No resulta extraño que durante la Revolución de 1830, en el anochecer del primer día de lucha, los franceses dispararan contra los relojes que coronaban las torres. Tampoco parece sorprendente que Henry Ford, padre de la producción en cadena, empezara su carrera arreglando relojes. La notación del tiempo ha estado siempre ligada a las labores y actividades humanas. Pero, ¿cuál es el quehacer del artista?¿Qué marca el inicio y el fin de su jornada?¿Cuándo empieza una tarea y termina otra?¿Cuál es, en definitiva, el tiempo del artista?

 

En One Year Performance 1980-1981, también conocida como Time Clock, el artista taiwanés Tehching Hsieh expuso su cuerpo de manera paroxística a la regularidad del reloj para criticar la medición del tiempo como herramienta de explotación laboral. Así, durante 365 días fichó cada hora, día y noche. 8.627 instantáneas atestiguan los efectos de ese paso del tiempo en el cuerpo del artista. Ahora, Isabel Servera, nos muestra su Calendario laboral. Como si de hojas de horas se tratase, esta instalación site-specific refleja tanto su organización diaria como las horas invertidas en la realización de ese mismo trabajo desde marzo de 2019. A lo largo de una jornada, la artista traza líneas espirales con bolígrafos de oficina rojo, verde, azul o negro sobre distintos folios blancos durante tanto tiempo como dispone, de modo que traduce la coordenada temporal a una bidimensional. El tiempo se vuelve matérico para desplegarse ante nosotros como una epifanía que evidencia que la dedicación del artista, inconstante e incesante, nada tiene que ver con el trabajo fordista perfectamente regulado. El tiempo del artista es “otro”Es tiempo extraño que se convierte en excrecencia. Mladen Stilinovic también nos lo enseñó en Artista en el trabajo (1978).

 

A través de la actividad iterativa y su reducción al absurdo, Servera logra agenciarse de un tiempo alienado para proponer nuevas manera de medir (y vivir) el tiempo. Modos que huyen tanto de la precisión del reloj como de la eficacia del cronómetro -reloj desmemoriado y amnésico- o el apremio del temporizador -reloj funesto y fúnebre-. Volver una y otra vez es antetodo la resistencia a la función disciplinadora de la mesura del tiempo. Acto entonces desobediente y emancipador. Porque, decíamos, el tiempo del artista es otro. Es tiempo impreciso e indisciplinado.

 

En un mundo algorítmico y computarizado, nos hemos convertido en perfectos falsos autómatas que, como el enano ajedrecista de “El Turco”, deben hacerse pasar por máquinas. Con el trabajo manual y rítmico, Servera introduce la irregularidad en el terreno de lo indiscernible maquínico. Negar al tiempo su orientación productivista y negar a la máquina su superioridad. En CMY y CMY II, es en las diferencias apenas perceptibles donde vemos la huella de lo humano. Del mismo modo, en CMYK, gran instalación site-specific, cubre la totalidad del muro con papel estampado manualmente con tintas cuatricromáticas. 

 

Trece colores -amarillo, naranja, marrón, salmón, fucsia, índigo, aguamarina, verde botella, cerúleo, ultramar, negro, caqui y azul oscuro- trazan un camino monádico en Punto y seguido y Enmarcado.  Si en el primero alcanzan la totalidad de la superficie del papel, en el segundo discurren únicamente por el margen. Perfecto pendant, entre los dos se establece una relación de desemejanza: el horror vacui y el vacío; el plano y la línea; el todo y la nada. Pero ambos abren el abismo del tiempo infinito. Imagen descodificada y memoria obliterada, ST5 y ST6 están formadas por catorce mil ciento setenta y ocho tiras de papel entrelazadas que conforman un tapiz pixelado casi monocromo. Como la cinta Moebius de Lygia Clark, muestra una trama sin anverso ni reverso; sin marco ni centro, sin borde ni límite. Igual que ésta, presentan también un tiempo sin antes ni después

 

Acometer contra el tiempo mecánico es imperativo para que pueda irrumpir el tiempo cualitativo que nos enseña Servera: tiempo activo, pregnante y gestador. Porque el tiempo del artista es el hacer. Dépense improductive, lo llamó Bataille. Acechados por deadlines y avocados al multi-tasking, la concentración en una única acción estéril es ante todo un ejercicio de desincronía con el mundo capitalizado que nos libera. De este modo, sus trabajos permiten imaginar otras temporalidades posibles más allá de la mera orientación utilitaria e instrumentalizada.  La revuelta -escribe E.P. Thomson en Costumbres en común– toma con frecuencia “la forma de una ignorancia absoluta de la urgencia de los respetables valores del tiempo”. Entonces, como nos invita Isabel Servera, rebelémonos y hagamos. Hagamos tiempo. Hagamos tiempo para.